El Favor

El Favor

Jesús Álvarez Gómez

    Este relato ganó el 23º Premio Internacional de Relato Corto «Elena Soriano», del Ayuntamiento de Suances (Cantabría)

 

Foto: Jesús Álvarez

Al muchacho de Lima que me inspiró este relato

 

-¡Oe, choche! Largo de aquí. ¿No ves que ésta es mi zona?

Lucho miró al lustrabotas que había hablado con cara de pocos amigos al otro lustrabotas. Dos chiquillos ambos, flacuchos, esmirriados, muy moreno uno, más pálido el otro, el cabello lacio y negro. Pantalones cortos los dos, piernas como palos, un poco más musculosas las del primero, sólo un poco. Aquellos lustrabotas tendrían doce o trece años, unos dos años menos que la edad de Lucho cuando conoció al español. Físicamente le agradaba más el moreno, pero no le parecía suficiente razón para descartar al pálido. De todas formas ninguno de los dos conseguía levantar sus simpatías.

Aquel domingo, como casi todos los domingos, la Plaza Mayor de Lima estaba llena de gente pululando de acá para allá, despreocupada. Familias que habían salido a pasear aprovechando el asueto dominical. Algunas serían de fuera, de algún pueblo vecino o de provincias, y habían ido a conocer la capital. Miraban embobados los monumentos de Lima y se hacían fotos de recuerdo, o para mostrar a otros que habían estado allí. Las ciudades del Perú tenían plazas grandes, pero ninguna como aquella de la capital.

Unos cuantos turistas extranjeros miraban también aquí y allá, con sus cámaras de fotos en la mano. No muchos. Quién iba querer ir a Lima en junio, con la garúa avanzando sobre la ciudad desde el mar, apagando el sol, llenando todo de frío y humedad. Qué poco le gustaba este tiempo a Lucho, qué poco la garúa, tan propia, sin embargo, de la ciudad. Lima no sería Lima sin esa bruma del Pacífico, gris y húmeda, que lo impregnaba todo en los días otoñales y de invierno. Pero nadie se arredraba ante ella, a nadie que deseara pasear dejaba en casa en un día feriado.

Lucho estaba ahora allí como había estado el turista español hacía treinta años, pero él no era un turista, y mucho menos tenía pinta de ello. Lucho tenía, como la mayoría de la gente que llenaba la plaza, rasgos mestizos. Podía ser de otra parte del Perú y estar allí de visita, como esos otros de aspecto y modales pueblerinos que se hacían fotos. Él se movía por la plaza de Lima como por su casa. No en balde había pasado su infancia en ella, como los lustrabotas, tratando de ganarse un poco de plata, para poder comer cada día, para ayudar alguito en casa.

¡Sir, shoes! –así solía dirigirse a los turistas norteamericanos, que eran mayoría en Lima, y además los que más dinero tenían y gastaban; así lo hacía para ofrecer sus servicios. Y así se dirigió a Juan, el español, sin fijarse en él, un turista más, que no obstante no llevaba cámara de fotos, ni tenía pinta de norteamericano. El interpelado sonrió divertido porque le hubiera confundido con un angloparlante.

-No, gracias –le respondió mirándole un momento, para volver su mirada a donde la tenía

-¿Una lustradita, señor? –dijo con ojos vivaces, corrigiendo su error, tratando de ser persuasivo.

Pero tampoco se había fijado en los zapatos del español, unos mocasines ajados y deslucidos, a los que ningún betún ni toda la pericia de que Lucho podía hacer gala le sacarían brillo.

-Ande, señor, sólo la voluntad, y le dejo los zapatos chéveres –replicó a su negativa, esbozando una sonrisa que reclamaba la piedad de unos soles, un solcito sólo, amigo.

El español volvió a negar, devolviéndole la sonrisa, la piedad de una sonrisa, ¡vaya mierda!, aunque mejor eso que un “déjame en paz, muchacho”, o una mirada de reprobación para que lo hiciera, para que se fuese con la música a otra parte.

-Se los voy a dejar como nuevecitos, señor, ya verá –se atrevió a insistir.

Juan estaba a punto de claudicar. Había mirado abajo, a sus zapatos, aquellos zapatos de piel vuelta, tan astrosos, que si se hubiera percatado ni se habría dirigido a él, porque le hubiera parecido un pobre más de los mucho que pululaban por la plaza tratando de ganarse la vida. Viejos pero cómodos, le había dicho divertido más tarde, cuando empezaban a saber el uno del otro, y Lucho, con gesto desolado, admitía que no hubiera podido cumplir su palabra ni con el mejor de los betunes. Habría claudicado por sí mismo, pero además se acercó un agente municipal que le increpó para que no molestase al visitante.

-Déjelo, no tiene importancia. No me molesta –escuchó decir al español, sin que surtiera efecto.

Lucho se retiró dócilmente, porque era su natural no enfrentarse con la gente, y menos con la autoridad. Aunque un tanto pícaro, no le gustaban las discusiones, ni los enfrentamientos. Prefería conseguir las cosas por las buenas, con una sonrisa, insistiendo las veces que fuera preciso, ya pecara de pesado, y aunque tuviese que engañar un poco. Aquella reacción de acatamiento le había gustado al español, un tipo extraño, como fue sabiendo más tarde, muy diferente a la gente que Lucho conocía, gente tranquila y conforme a pesar de la adversidad.

Había esperado fuera de la plaza a que el agente se olvidara de él, se entretuviera charlando con otro, o se fuera a tomar una copita. Y cuando volvía de San Francisco, por Junín, se cruzó de nuevo con el español. Hubiera pasado de largo si no le hubiese mirado y enviado una sonrisa. La aprovechó al instante, claro, y le devolvió otra, seguida de una mirada abajo, a los zapatos que necesitaban una lustradita. Juan se detuvo y también miró abajo.

-No son zapatos para sacarles brillo. Basta con quitarles el polvo. Pero ni eso precisan. Los cepillé un poco en el hotel –dijo con cara de lamentarlo.

Lucho se encogió de hombros.

-¿De dónde es, amigo? –preguntó, confiado y curioso. Si no plata, saber al menos un poco más del mundo. Siempre se aprendía algo de los demás, sobre todo si eran extranjeros. Él, en cuanto pudiera, se marcharía del Perú. Allí no había futuro, para los pobres, claro, que eran mayoría. Así que lo mejor era marcharse. A Estados Unidos. Lo había pensado más de una vez: salir del país y pasar a Ecuador, luego a Colombia, a Panamá… hasta llegar a Estados Unidos. No tenía que ser difícil, pensaba con ingenuidad. Si me cogen en la frontera, pues me vuelvo y ya está.

No había sacado ni un sol aquella tarde, pero ya estaba harto de rogar una lustradita, por la voluntad, mister, un solcito nomás, y ya verá cómo le dejo los zapatos… Con un poco de suerte se ganaba al turista y le sacaba una invitación a un refresco, puede que a un bocadillo, y volvería cenadito a casa.

-De España.

Para Lucho entonces España era Madrid y Barcelona, y las ciudades de los equipos de la liga de fútbol que a veces veía en la televisión. Pero aquel español era de una ciudad pequeña que, tenía equipo de fútbol, cómo no, pero un equipo de segunda B, o de tercera. Vaya usted a saber.

-¿Sabes dónde queda el convento de San Francisco? –le preguntó Juan, y Lucho vio el terreno allanado para sus intenciones.

Vaya una pregunta, nomás venía de allí, donde su primo trataba de vender recuerdos a los turistas. Todos pasaban por el convento, para ver sus tesoros y sobre todo las tumbas del subsuelo. Oscuros y húmedos pasadizos iban de unas a otras, y la gente se apelotonaba  en ellos con gestos de horror que finalmente pasaban a ser de aburrimiento. Nadie quería dejar de ver aquellas catacumbas, como eran llamadas en la ciudad, ni siquiera los propios limeños, ni siquiera él.

La tarde se volvía más y más gris cada vez. Adiós al poquito de sol que se había insinuado una hora antes, pálido, débil –mejor así que nada-, y que había sucumbido ante el poder extenuante de la garúa. Los lustrabotas buscaban clientes entre la gente de fuera, entre los pocos extranjeros más bien, sin éxito. El se paseaba de acá para allá delante de ellos, dándoles una oportunidad. Hubiera sido fácil llamar a uno y decirle que le lustrara los zapatos, pero prefería esperar a que alguno se decidiese, como si fuera una especie de lotería: premio al que tome la iniciativa primero. Y ninguno lo hacía. Entonces miró abajo y se dio cuenta de que aún tenía los zapatos relimpios, tan brillantes como se los solía dejar Gladis todos los días. Lucho vio a su mujer cepillándolos, sacándoles lustre por la noche, para dejarlos preparados, junto con la camisa limpia, los pantalones y el saco que habría de ponerse al día siguiente. Todos los días igual, sin cansarse, qué constancia la de Gladis. No se aburría la cojudita. Pero a él la vida le parecía monótona y sin gracia. Tanto esfuerzo para esto. Si hubiera sabido Juan, el español.

-Gracias por acompañarme –le dijo cuando llegaron al convento de San Francisco, mientras hurgaba en los bolsillos, tal vez buscando una moneda de agradecimiento.

-No hay de qué. Si quiere le espero a que salga y le enseño algo más de Lima. ¿Conoce el Museo del Oro? Le puedo llevar. Tiene que verlo.

Juan se detuvo indeciso. Luego sonrió y aceptó. Aquella tarde no pudieron ver el Museo del Oro, porque cuando llegaron estaba cerrado, pero pasearon juntos por la ciudad, por el centro, un área de calles trazadas a cordel en las que era raro no encontrar una iglesia o un edificio artístico de interés. Lucho se percató enseguida de cuáles eran las aficiones de Juan y se mostró aficionado a las mismas cosas: la música, el arte, la poesía. ¿Tú escribes poesía?, le preguntó Juan, incrédulo, sonriendo paternalmente ante su respuesta afirmativa, como si imaginase ripios y condescendiese con ternura. Lucho no había escrito una poesía en su vida, pero bien hubiera podido haberlo hecho, no era tan difícil, como lo demostró meses después, cuando Juan se empeñó en que le mandase una de sus rimas. A fin de cuentas no era un iletrado, sabía leer y escribir, y había tenido que leer algunas poesías en la escuela. A Lucho lo que mejor se le daban eran los números, pero si había que aprender letras, se aprendían. Para cuando la noche se instaló en la ciudad, Lucho se había ganado a Juan, quien, como diría poco después, le había tomado cariño en seguida.

Eran las cinco y media de la tarde. En una hora se habría hecho de noche y él se marcharía de la plaza. Si no se lanzaba uno de aquellos muchachos, él se iría sin haber cumplido su objetivo, sin remordimientos, pensó. No estaba convencido de querer devolver el favor. Total, para lo que le había servido a él. ¿Era ahora más feliz? Desde luego que no. Aunque había que ser objetivo: ¿Cómo podía saber qué tal le hubiera ido si no hubiese conocido a Juan? Cualquier acontecimiento, por pequeño que sea, condiciona nuestras vidas irremediablemente, así que mucho más uno trascendental como había sido aquél. Inútil era, pues, pensar en otras posibilidades.

Aunque sus zapatos todavía brillaban, el borde de las suelas aparecía cubierto de una fina capa de barro. Había llovido un poco por la mañana y, aunque había tratado de sortear los charcos, no le fue posible mantener los zapatos incólumes. Tuvo entonces una idea. Se frotó el empeine de cada zapato con el borde sucio del otro y, ahora sí, ahora sí que necesitaban limpiarse. Pero las facciones de Lucho hacían bastante improbable que los muchachos le ofrecieran sus servicios. Él era un cholo más, como tantos de allá, seguramente no sobrado de dinero como para gastarlo sin pensárselo dos veces. Pero él no tenía pinta de pobre, ni mucho menos: iba bien vestido, bien peinado, con saco y corbata, mejor que muchos turistas. ¿Es que aquellos muchachos esmirriados no tenían ojos?

Aquella tarde lejana, entrando ya la noche, la garúa acabó condensándose en gotitas de lluvia. Sentado en un velador con el español, Lucho se tomaba un vaso de chocolate caliente. Mejor algo nutritivo y que le calentara por dentro, había pensado cuando Juan le sugirió que se sentasen un rato a tomar algo y descansar. Una sombrilla que en realidad hacía las veces de paraguas les protegía de aquella molesta llovizna. Pero aunque no se mojaran, Lucho tenía frío con sólo la camiseta y el liviano jersey que llevaba. Deberían haberse sentado dentro del local, pensó a destiempo, porque el español le había dado a elegir entre dentro y fuera. Pero estaba bien así ya, y mucho mejor cuando el camarero les trajese los sándwiches que habían pedido. Aliviaría el hambre que le mordía por dentro desde hacía rato, porque apenas había almorzado.

El español era buena persona, se portaba bien con él, interesándose por su vida y por sus inquietudes. Lucho no tuvo ningún prurito en contarle. Quería estudiar, no sabía bien qué, aunque sí sabía que quienes estudiaban llegaban a lo que él no llegaría nunca, porque en el Perú sólo los ricos lo hacían. No había oportunidades para los pobres como él. Por eso quería emigrar a Estados Unidos. Y le habló entonces de cómo pensaba hacerlo cuando tuviese su tarjeta de identidad, en sólo un añito, mintió, no supo muy bien por qué, poniéndose un par de años más. Juan le miraba un poco triste por lo que decía, como si le viera ya intentando salir del país, para pasar al de más al norte, y de éste al siguiente, hasta llegar a la frontera de México, donde no tendrían piedad de él las mafias que controlaban la emigración ilegal para enriquecerse, a costa incluso de la vida de los incautos emigrantes. Lucho se dio cuenta de la compasión que levantaba en el español y acarició en silencio la esperanza de que antes de despedirse le diera algo de plata, para no volver de vacío.

El lustrabotas moreno había logrado un cliente, un hombre alto y canoso, con pinta de extranjero, de turista, que se dejaba hacer en los zapatos mientras charlaba con una mujer, alta también, rubia y con la cara llena de afeites. El lustrabotas pálido lo miraba a cierta distancia, sin envidiarle parecía, con gesto displicente, cansado tal vez, esperando sólo que la noche llegase, para volver a casa, como el mismo Lucho había hecho muchas veces, harto de insistir, bien que hubiera logrado algunos soles o menos que eso. Estuvo tentado entonces de pedirle que le limpiara los zapatos, a él, a pesar de que fuera sólo un cholo más. ¿Es que no veía lo bien arreglado que iba, que tenía más que unos soles para darle, mucho más de lo que se podía imaginar? ¡Ay, chocherita, es que no tienes ojos, es que no sientes que te puedo arreglar un poco la vida! ¿Se la había arreglado a él el español?

Antes de despedirse, Juan le pidió una dirección en la que localizarle, a donde escribirle alguna vez. Me gustaría saber qué tal te va, se justificó, conocer alguna de esas poesías que escribes. Sí, sí, claro, y tú me mandas alguna foto de tus cuadros, se apresuró él a sugerir, sinceramente. El español pintaba en sus ratos libres, le había hablado de sus cuadros, de los paisajes de su tierra con tal entusiasmo que a Lucho le habían entrado verdaderos deseos de conocerlos. Y recibió, como esperaba, un billete, pero mayor de lo que había imaginado. A la alegría de recibirlo no pudo evitar superponer la tristeza de la partida de aquel hombre a quien también él había cogido cariño en sólo unas horas. Cariacontecido, con los brazos caídos, y temblando no sabía si de frío o de emoción, vio marcharse a Juan en un taxi. Chau, amigo, hasta siempre.

La primera carta llegó un mes después, cuando ni la esperaba, ni se había vuelto a acordar apenas de Juan. En ella venía la primera poesía de las muchas que había de mandarle. Le sorprendió tanto, que no supo cómo reaccionar. Escribir a España resultaba caro, y además no sabía qué podía contarle a aquel hombre que, de repente, se le antojaba un extraño. Pero algo en su interior le decía que no debía desaprovechar la ocasión que le brindaba la vida. Intuía que los soles que pudiese gastarse en franquear una carta, sólo serían una forma de inversión. La cuestión era qué escribirle al español, cómo hacerlo. Le pedía además uno de sus poemas y él no tenía ninguno escrito. Podía buscar alguno en un libro de cuando había ido a la escuela, pero no colaría, estaba seguro. Así que después de mucho pensarlo, optó por contestarle, contándole como buenamente pudo que allí andaba en la plaza de Lima, procurando clientes de los que obtener platita para vivir, hablándole del clima que tan desaprensivamente azotaba la ciudad, y que, bueno, la próxima vez le mandaría la poesía, porque aún no la había terminado. Juan no volvió a insistir en ello, como si hubiera sabido al instante que no había escrito una poesía en su vida. Siguió, no obstante, mandando cartas, y en cada una de ellas transcribía un poema de los muchos que se habían escrito en el mundo, de éste o de otro siglo. Lucho se acostumbró a recibirlos: los leía por curiosidad más que por interés, porque la mayoría de las veces no le decían nada, o no los entendía. Pasados unos meses, consiguió componer su primera y única poesía, mirando aquellas otras que recibía, y sin pensárselo dos veces se la envió a Juan. No está mal para un muchacho, pero debes leer más, para mejorar, fue su escueto comentario, al cabo de varias semanas, cuando empezaba a temer que se hubiera olvidado de él. Lucho, años después, se dio cuenta de que no había leído en su vida un poema tan malo como el suyo. Por supuesto, no lo volvió a intentar. Lo suyo eran los números, se lo dijo a Juan aquella tarde, aun a riesgo de contradecirse, con una franqueza imprevista, como si en su interior luchasen la honestidad y el afán de sacar algún provecho de la situación.

Lucho se impacientaba. Cada vez quedaba menos luz y la plaza se empezaría a despoblar. ¿Quería en realidad ayudar a alguno de aquellos míseros muchachos? ¿Qué diría Gladis cuando se lo contase? ¿Le parecería bien? ¿Querría conocer al muchacho? No había querido adoptar a ningún niño cuando supieron que no podían tener hijos, así que menos querría saber de uno de aquellos zarrapastrosos. Es una promesa que hice… Nunca le había contado nada, para que no supiese que había faltado a ella, pero también para no tener que hablarle de su infancia, de sus misérrimos orígenes. Gladis era tan mestiza como él, pero se consideraba por encima de la mayoría de los cholos, que son mayoría en el Perú. ¡Ay, Gladis, tan morenita y con aires de gente de Miraflores! Gente que no tiene que preocuparse por la casa, porque una cholita como tú la limpia cada día, ni de la comida, porque la misma cholita, u otra diferente –que para eso hay niveles- la hace todos los días, y no tiene que lustrar los zapatos de su marido, ni planchar las camisas, ni cualquier otra obligación que no sea ir a la peluquería o salir de shopping con las amigas. Claro que también Gladis iba a la peluquería y a comprarse ropita que no alcanzaban a tener sus amigas, que de algo había de servir no tener niños. Los niños son un incordio, Luchito, le había dicho cuando él le propuso adoptar uno, con cara de estar viéndolos, importunando. Tanto que se había quejado de que no venían los niños y de que se aburría al principio, y había acabado acomodándose a la falta de ellos, con ese poder ir a menudo a la peluquería y comprarse vestidos innecesarios. Casi como las de Miraflores, causita. ¡Cuánto tiempo que nadie le llamaba causita! Ahora era don Luis, Lucho para los amigos; Luchito sólo se lo permitía a Gladis, pero siempre le sonaba mal, al menos con la entonación meliflua que usaba su mujer. Le va a dar un patatús cuando sepa que voy a ayudar a uno de estos miserables. Mira, lo mismo llegaba a tener con él una relación paternal. No era mala idea, porque él sí que echaba en falta esos hijos que van creciendo poco a poco, que te complican la vida pero la llenan de sentido, y de afecto. Lucho pensó en Juan, en la cara de la foto que le mandó una vez, en correspondencia a la que él le había enviado previamente, porque las facciones se iban borrando y al español no le gustaba escribir o mandar dinero a un nombre sin rostro. Y pensó que tal vez también Juan había buscado granjearse el afecto de un muchacho, de un muchacho de la calle, de un olvidado, aunque nunca dijo nada al respecto. A fin de cuentas tampoco él tenía hijos.

No era aún de noche, pero ya se habían encendido las farolas de la plaza. Qué apego por ella el de los limeños. Con el día que hacía, allí seguían, resistiéndose a volver a casa, tal vez para posponer un poco más enfrentarse a los problemas cotidianos. Lucho en cambio pensaba en marcharse. Quizás volviera otro día a darles una segunda oportunidad a aquellos muchachos, o a otros, porque no tenían por qué ser lustrabotas, con tantos niños necesitados como hay en Lima. Lo importante era dar con el muchacho adecuado, como lo había sido él, para no gastar en balde el dinero. Un muchacho necesitado, pero con ganas de mejorar su situación, y de conseguirlo sin miedo al esfuerzo, al estudio. Y de golpe le volvió la duda a Lucho, la misma que le había contenido otras veces, cuando había pensado en el favor que había prometido al español devolver, ayudando a otro muchacho necesitado como lo había sido él. Esa peculiar cadena de favores que le propuso Juan un buen día, cuando lo único que esperaba era algo de plata de vez en cuando, para ir tirando, para comer y comprarse una chompa que le protegiese del frío y la humedad. Era cierto que le había manifestado su deseo de estudiar, pero estudiar una carrera en el Perú era casi lo mismo que querer irse a Estados Unidos, cosas que se piensan cuando uno está harto, pero que luego se va dejando, posponiendo hasta no se sabe cuándo, hasta que se le echa el tiempo a uno encima y se da cuenta de que ya no puede hacerlas. Yo te ayudaré, le había dicho Juan, pero con la condición de que cuando consigas un trabajo y tengas dinero suficiente, ayudes tú a otro muchacho a salir de la ignorancia y de la pobreza.

¡Carajo con el español! ¿Es que quería arreglar el mundo así? Menuda estrategia: un niño por generación. Claro que a él le había venido bien. Aunque tampoco le habían regalado nada: un préstamo le había ofrecido, bien mirado el asunto, sólo un préstamo. Y la posibilidad de estudiar, sí, pero bien que le había costado, que más de una vez estuvo tentado de dejar los libros y volver a la plaza a lustrar zapatos, mucho más sencillo sin duda. Luego, Lucho olvidó todo el esfuerzo realizado, y recordó con nostalgia aquellos años de madrugones, cruzando la ciudad cuando empezaba a amanecer, camino del instituto. Recordó el aire frío que a veces le hacía tiritar, pero que a veces también le estimulaba, le hacía sentirse vivo y mirar el futuro con optimismo. Y aquel cielo que se iba encendiendo poco a poco. Y aquellas ilusiones, cuando estaba en último año y sentía al alcance de la mano el título que le permitiría trabajar, ser alguien, vivir mejor, casarse, tener hijos… ¡Ay, Gladis! ¿Por qué no tuvimos hijos?

Poco a poco las cartas del español empezaron a escasear, y lo que decía en ellas era menos personal, menos afectuoso. Lucho temió que se hubiera cansado de él, que se hubiera desencantado con aquel poeta que nada sabía de poesía, que apenas sabía escribir,  y que escribía, sí, pero de tarde en tarde, porque no sabía qué contar, como no fuese sobre el tiempo de Lima o sobre cuán agradecido le estaba. Pero el dinero seguía llegando a pesar de todo, lo que le tranquilizaba, a él y a los suyos. Los suyos eran su abuelo, que se había hecho cargo de él, los tíos, primos y algún pariente cercano, todos en la misma casa, solidarizados en la pobreza. Lucho no había conocido a sus padres. La madre murió tras el parto, y el padre se fue a Estados Unidos, para ganar dinero y llegar a vivir un poco mejor, y ayudar a los que se quedaban. O lo intentó y se quedó en el intento, porque nunca más supieron de él. Así que el primer giro de Juan fue como si, aunque tarde, llegase el dinero que había de mandar el padre de Lucho. Y el segundo, y el tercero. Y Lucho tan contento de que aquel dinero aliviase un poco las carencias de los suyos, aunque a él sólo le tocase una parte. La chompita que al fin se compró para combatir el frío limeño le puso muy contento. Juan pareció adivinar, y meses después reclamó pruebas de que el muchacho que le había enternecido aquella lejana tarde había empezado a estudiar, y que el dinero que enviaba no se iba, como estaba ocurriendo, en solucionar problemas familiares, de unos y otros, de todos. Qué extraño aquel hombre que mandaba dinero y cartas con poemas a un muchacho que sólo había visto una vez. Loquito nomás, pensaron cabizbajos quienes se veían ya privados de aquella platita inesperada que tan bien les venía. Ni la poesía ni los estudios eran cosas para pobres. Trabajo necesitaban, para ganar plata y vivir un poquito mejor, para no pasar hambre ni frío, pero ¡estudiar! Luego, resignados, pensaron que bueno, que tal vez Lucho así conseguiría un buen trabajo y acabaría ayudando a todos. Años pasarían, se lamentaban, y luego se conformaban diciéndose que  más vale tarde que nunca.

El conocimiento no sólo nos permite vivir mejor, sino que además nos hace más libres, decía Juan en su última carta. En ella le daba además la enhorabuena por haber concluido con éxito sus estudios, y añadía al final que no se olvidara de ayudar a un niño a salir de la pobreza y la ignorancia. Le deseaba que fuera feliz, y después de la firma había copiado el poema El Niño Yuntero de Miguel Hernández. Lucho tenía ya un título, pero aún no un trabajo. Me duele este niño hambriento, como una grandiosa espina… Lucho no era indiferente a aquellos versos, pero el favor que debía tendría que esperar.

Juan le había deseado que fuera feliz, pero los buenos deseos no bastan, bien claro estaba, porque él, pese a todo, no se sentía afortunado. La vida había ido pasando, había conseguido un trabajo, había ayudado a la familia, y haciéndolo se había sentido bien. Luego se había enamorado, y se había casado con Gladis. Vivía mejor que muchos peruanos, y como no tenían hijos no pasaban apuros económicos. Pero Lucho sentía que algo faltaba en su vida, algo que el español no había podido darle a pesar de su dinero, de la formación lograda con él. Mirando a su alrededor, comprendía que no podía quejarse. Pero no era feliz, o tal vez fuera mejor decir que no se sentía satisfecho y que no sabía por qué, y que la vida se le iba pasando tristemente.

Juan no volvió a escribir. Salvo al principio, aquel hombre se había mostrado tan lejano como lo estaba en realidad. Parecía cumplir una obligación. Lo único que negaba esto eran los poemas que invariablemente acompañaban sus cada vez más cortas misivas. Cuando emprendas tu viaje a Ítaca, pide que el camino sea largo…, pero a Lucho le parecía bastante difícil el camino como para desearlo largo. La vida es bella, ya verás, como a pesar de los pesares tendrás amigos… y Lucho, cuando se puso a estudiar en serio, ni tiempo tenía para hacer amistades que no fueran los muchachos del barrio con los que de tarde en tarde jugaba al fútbol. Nos convertimos en plantas, en troncos, en follaje, raíces y cortezas, estamos asentados en la tierra, somos peñascos,… ¿No eran raras estas frases? ¿Para qué servían? Y así con todos aquellos poemas que leía sin interés, si no era para decirse interiormente que vaya tontería aquello de la poesía. Pero con los años, sin darse cuenta, ya antes de que Juan le mandase la última carta, el último poema, él le había cogido gusto a leerlos, y había empezado a entenderlos, y a disfrutarlos, aunque no todos, claro, porque había algunos que seguían siendo bien raros. Así que cuando ya no llegaron nuevas cartas sintió algo que no sabía definir muy bien, algo así, quizás, como si le hubieran abandonado, aunque estuviese con los suyos, y con su flamante título y todo entero su anhelo de conseguir un trabajo decente y empezar a ganar dinero para llegar a ser alguien. Pero Lucho no dijo nada, se conformó, dejó pasar el tiempo, que los nuevos anhelos y preocupaciones llenasen su vida, y casi se olvidó de Juan. No obstante, había cambiado insensiblemente. A veces releía los poemas de las cartas, como si buscase en ellos las respuestas a muchas de las preguntas que se hacía.  En algún momento deseó volver a saber de Juan, que le volviese a escribir aunque sólo fuera para mandarle poesías de otros. Luego, perezoso, movido por la inercia, continuaba con su rutina cotidiana, y volvía a olvidarlo.  Más tarde, leyendo aquellos poemas, los apartaba a veces, de repente, como si este o aquel verso le dijese cosas que prefería no saber. Su vida no le gustaba, pero qué hacer para cambiarla.

Días atrás sus tíos le llamaron para decirle que el cartero había dejado una carta para él, una carta que venía de España. Lucho agradeció que Gladis no le acompañase a comer a casa de sus tíos, que tuviese que salir con sus amigas. Suponía que aquella carta era de Juan, después de tanto tiempo. No era de él, pero sí sobre él. La escribía una mujer, ¿su mujer?: no lo decía. Lo que sí decía era que Juan había muerto hacía poco, que sabía la relación que habían tenido años atrás, y que por eso había decidido comunicarle el deceso. Que a veces Juan se preguntaba qué habría sido de él, cómo le habría ido en la vida. Lucho no se entristeció al leer la noticia. Aquel hombre que le había ayudado hacía tantos años, que sólo había visto una vez, era casi una sombra. Poco le importaba que estuviera vivo o muerto. Pero después algo se removió en su interior y repentinamente se sintió triste.

El lustrabotas pálido se había marchado ya, pero el moreno todavía pululaba por la plaza, seguramente acicateado por los soles conseguidos. Lucho pensó que también él se iba a marchar, sin resolver el asunto que lo había llevado allí. Entonces el lustrabotas le miró un momento, y Lucho encontró sus ojos, y sin saber por qué le dirigió una sonrisa. El muchacho se acercó, miró abajo, a los zapatos de Lucho. Se detuvo vacilante, dudando de las intenciones de aquel cholo adulto que por su aspecto parecía tener soles de sobra para que le limpiara el calzado. Finalmente se decidió.

-¿Se los lustro, amigo? –pregunto sin atreverse aún a sonreír-. Le van a quedar chéveres, verá –Se agachó, abrió la caja con el betún y el cepillo y puso manos a la obra. Lucho lo dejó hacer.

-¿Cómo te llamas?

-Franklin, amigo –le respondió con una sonrisa.

-¿Sabes dónde está el convento de San Francisco, Franklin?

El lustrabotas le miró extrañado. Después preguntó:

-¿No es usted de Lima? ¿Quiere ver el convento? Está aquí nomás. Luego le indico, amigo.

A Lucho empezó a caerle bien aquel lustrabotas. Luego, se vio caminando con él por Junín, hacia San Francisco, que ya estaría cerrado. Pero, se dijo, le invitaría a un refresco,  o a un chocolate y un sándwich, tan flacuchento como estaba. Él también tomaría, porque ya empezaba a tener hambre. Y sin saber por qué, se sintió contento. Luego miró sus zapatos, fáciles de lustrar, con apenas suciedad que quitar, y a Franklin que pese a todo se esforzaba en su trabajo como si estuviese sacando brillo a los gastados zapatos de Juan.

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